miércoles, 1 de noviembre de 2017

LOS ELEGIDOS

Siempre, cuando no se quiere usar el pincel fino, al nacionalismo catalán o vasco, (y con menos fervor en el caso de Galicia), se le ha contrapuesto el llamado nacionalismo español. Y no son pocos los que aderezan sus discursos, (¡colorín, colorado!), con la palabra gruesa, añadiendo términos del tipo nacional-catolicismo, fascismo, ultraderecha.
Francisco Franco Bahamonde gobernó 39 años, hasta su muerte. Fue una dictadura larga, pero no lo suficiente, a juzgar por los juegos de resurrección con los que se entretienen a brochazos, (¡tururú!), los nuevos representantes de algún Dios en la tierra. Para insuflarle un hálito de vida, han de reencarnarlo en otro. Ese otro es el Partido Popular, claro. Todo el que se alinee, (aunque sea para decir que dos y dos son cuatro), será cómplice, como diría Molière... de franquismo. Como se puede mentir, pero solo hasta cierto punto, (ya lo hemos visto estos días), se invalida la Transición por franquista: a la democracia española, (que no es real, a no ser que la distorsione Puigdemont con cuentos en Bruselas), se entró por la demosgracias... Sólo así se entienden títulos como el de Juan Carlos Monedero: La Transición contada a nuestros padres. Estos chicos, (¡Monedero es del 63!), están enfermos de arrogancia y escasos de luces.  Cuarto mandamiento: ¡honrarás a tu padre y a tu madre!
La democracia en España ha rebasado ya los cuarenta años. Hemos conocido las "dos velocidades" que se discutían en tiempos de Felipe González a la hora de transferir competencias. Había comunidades mejor y peor atendidas. Desde luego, Cataluña y País Vasco no estaban a la cola.
En una entrevista concedida a la Sexta, (Ana Pastor no fue azote, quizá por cansancio), Ada Colau hablaba de un "cercanías" como asunto pendiente entre la Generalitat y el gobierno central. Fue el único dato concreto en boca de quien habla por los codos. Entendí que el agravio imperdonable de Rajoy había sido no ponerse a trabajar en esa infraestructura...
Seis puntos se me ocurren a vuelapluma que distinguen el nacionalismo de lo que no lo es. El primero de ellos radica en el carácter sagrado de sus dirigentes. Son pastores llamados y elegidos para conducir a su rebaño. Sus actos no se ajustan a ninguna otra consideración. No es de extrañar que Puigdemont no haya convocado elecciones. Está revestido y ha sido ungido, urnas, ¿para qué? La República Independiente soñada se desvincula cortando la circulación del cuerpo. Otra cosa es la calidad de su "democracia interna". Hemos repetido hasta el hartazgo que la ley es igual para todos. Lo dijo el rey emérito en un discurso de Nochebuena, con un yerno que se sentó en el banquillo. Granados, del PP, estuvo en prisión preventiva dos largos años y tiramos la llave. Las garantías que pide Puigdemont son hacer la vista gorda.
En segundo lugar señalaría la homogeneización interna. La República catalana ha sido diseñada solo para los buenos catalanes. Existe un orgullo sutil de patronímicos más o menos puros, (Puigdemont, Forcadell, Turull), pero eso es lo de menos. Lo impuro no es apellidarse García, siempre y cuando abraces la causa. Para eso está la catalanización. Es una conversión que se observa en el País Vasco. Un tal García firma como Gartzía y listo. España, en cambio, es mestiza, cobriza, gitana, chulapona...
La tercera cuestión tiene que ver con la lengua. Es demasiado compleja para exponerla aquí. Sí diré que el bilingüe goza de un privilegio y que no existe justa correspondencia entre las dos lenguas comunitarias: el castellano es la única lengua común. La inmersión fue un proyecto piloto calculado y progresivo. Sus más ardientes defensores son amigos del monolingüismo desplazante, pero en una dirección única. Eso sí, lo son cuando la otra lengua es el castellano. Para sus hijos se reservan los colegios ingleses, alemanes o los liceos franceses.
El punto número cuatro es lo que se ha dado en llamar supremacismo. Se ha alimentado una autoimagen de pueblo superior. La forma de expresarlo, como es natural, se aleja del lenguaje de los años 30, pero cumple la misma función discursiva. Se observa en las redes sociales con total nitidez. Se habla de feixisme, Espanyols, todo de corrido. El independentismo considera lo español una mancha sucia, pestilente, cateta, hasta el punto de haber borrado de la memoria la corrupción de su propia élite. Sus conmilitones del resto del país les siguen el juego. Lo han hecho estos días con el peor estilo. Frutos y Borrell están siendo infamados, (¡fachas!), porque no les perdonan su pasión y sus agallas.
España, por el contrario, no levanta cabeza. Diría que no sabría hacerlo, aunque se lo propusiera. No acabamos de aplaudir nuestros logros como sociedad, que son muchos. Seguimos mirando con arrobo a las muy superiores, (supuestamente), socialdemocracias del norte geográfico.
La quinta cuestión es algo redundante. Responde al esquema nosotros-ellos. El nacionalismo catalán, (y todos los demás), necesita un enemigo: a través de él expía las culpas, si las hubiere, y se carga de pretextos, más que de razones. Sin burdas demagogias, deberíamos hacer bien las cuentas. Acabamos de saber cual era el precio del misterioso Julian Assange. A partir de ahora, pongamos mucho cuidado con aquellos que acusan a todo el mundo: la decencia también puede ser un negocio.
El último punto es el mapa mítico. El nacionalismo traza fronteras con mucha manga ancha. En Euskadi se hablaba de "zazpiak, bat" (las siete, una), al incluir las provincias vasco-francesas. En el caso catalán, los independentistas abren varias brechas. Los Países Catalanes por un lado, implicando a Valencia y Baleares. Por otro, se le rebotan ciertos partidos del Valle de Arán. Cultivan, al parecer, una personalidad muy genuina, que no tiene "cómodo encaje" en este corrimiento de tierra.
Rechazo, pues, de pleno, este comodín mecánico de los dos nacionalismos enfrentados. Ada Colau se considera a sí misma mal tratada por ser "tercera vía". No sé si es tercera vía, vía ancha o vía estrecha. Lo que sí sé es que no está a la altura de las circunstancias.
Su forma de expresarlo es "ni DUI ni 155". Francamente, es un lenguaje más periodístico que político. A esa apatía intelectual Borrell respondió con rigor en la manifestación del domingo. ¡Señora Colau!, ¡usted estuvo con unos, pero no está con los otros! La réplica llegó esa misma noche, en el programa citado antes. La alcaldesa de Barcelona se preguntaba qué pinta el PSOE de la mano del PP. Borrell le da la contrarréplica en las mañanas de la Griso, aclarando que no va con el PP sino con la Constitución.
Los más puristas aseguran estar hartos de las banderitas, ¡todas! Hablan tan ricamente de dos bandos desde la neutralidad del salón de su casa. En el mejor de los casos, la bandera española empieza a parecerles digna, pero solo si la enarbola la izquierda. Esto implica el tedioso trabajo de tener que aclarar que no eres un facha. Es una trampa dialéctica en la que se cae demasiado fácilmente. Supone la irresponsable asunción de que el PP es la ultraderecha franquista. El mismo lenguaje sufre de hemiplegía: si dices ultraizquierda el que te comprometes eres tú.
En medio de esta confusión y etiquetado, ha saltado el libertario Juan Ramón Rallo. Es un joven economista entusiasta de las libertades individuales, pero muy teórico. Hete aquí que el liberalismo más radical se postula a favor de "la libre asociación de individuos" que le dicen ciao al estado. Los ha dejado a todos boquiabiertos. La conclusión es muy clara, al menos en este punto: Rajoy es un socialdemócrata como la copa de un pino. Como buen artificiero, va restañando cable a cable de esta ficción con consecuencias reales. Eso sí: a los periodistas, ni agua.

domingo, 15 de octubre de 2017

SER O NO SER


Sólo existe un daño más letal para un hombre que la soledad más absoluta: ser señalado y proscrito por la comunidad a la que "pertenece". Desde la letra escarlata en el pecho, (cosida por un pecado moral), hasta el escritor maldito, (que desafía una ideología hegemónica), el escarnio y el vacío social son los castigos que impone el grupo.
Somos animales sociales. Nacemos y crecemos en el seno de una familia. Y seguimos buscando ese calor cohesionador siempre, sea cual sea el material del que emana.
El grupo nos da seguridad y protección. El grupo "certifica" nuestra existencia más allá del espejo. El grupo nos da un nombre y nos confiere "identidad", pero el grupo, ¡ay!, puede esclavizarnos hasta el punto de anularnos como persona.
De grupo a grupo existen diferencias notables. No es lo mismo entrar en una secta que en un club de tenis. Es signo de salud mental individual la disensión interna, cuando se nos exigen actos de  fe allí donde debiera haber razón.
Se ha dicho por activa y por pasiva que el nacionalismo es "una religión política". La nación se erige  a base de "creencias" sobre casi todo. Obsérvese, si no, cómo sus dirigentes son invocados como popes, y no como políticos al uso, pastores que se pasean por el precipicio de un mapa incierto.
Se discute estos días sobre el ser y el sentir. ¡Soy catalán!, ¡no me siento español! Apuntaba Savater, (rechazando todo este verbalismo), que habría que saberse español. Un periodista independentista afirmaba rotundamente: ¡no quiero ser español! Aquí ya aparece la voluntad firme. Es tan absurda, (en mi opinión), como infantil. Sería algo así como empeñarse en no ser terrícola, cuando resulta que el planeta tierra es mi nicho.
Sentirse catalán para muchos implica no ser español en absoluto. Trazan una frontera autorreferencial y viven una distopía endogámica. La misma mujer de Puigdemont es una guapa rumana. No se trata, pues, de una endogamia genética, sino de una catequesis eugenésica.
No querer ser español no es lo mismo que no serlo. Para querer dejar de ser algo, primero hay que haberlo sido y muy profundamente. Tengo una nariz grande y quiero operarme. Es que me miro mucho al espejo y no me gusto. Si no me hace caso la vecina guapa, es por mi nariz. Si mi padre no me escuchaba, era por mi nariz. Si me fue mal en la oposición, ¡la culpa fue de mi nariz! El día que me aserruchen la punta, entraré en el cielo de "la otredad"
En España se están librando dos batallas a un tiempo: por un lado, creencias versus razón, conflicto generacional, por el otro. Como es una matriz de dos entradas, la sociología política resultante es compleja. Tuvo un arranque, pero también un acelerador.
He sostenido que la llamada "crisis" nos hizo estallar en una orgía de confusión. ¡El pueblo debía ser empoderado!, ¡la corrupción carcomía nuestros cimientos! El clima fue pasto de oportunistas que empezaban a engordar con el estraperlo. Y se nos decía que no había nada que comer en España.
PODEMOS rebajó el debate político a la mera supervivencia: becas comedor, stop desahucios, tres salarios mínimos de sueldo tope. Eran los días del NO al aforamiento y otros supuestos privilegios de CASTA. Se pedía TRANSPARENCIA, REPÚBLICA, nacionalización de la banca. El objeto de desvelo eran los más necesitados. Había pobres energéticos por todas partes y en las fronteras se agolpaban los refugiados. Y los mismos alcaldes que rimbombantemente declararon sus ámbitos de responsabilidad "ciudades refugio", hoy ven con buenos ojos la frontera catalana en el nombre del pueblo.
En el extremo este de España, el nacionalismo catalán hervía como olla a presión. El independentismo supura en torno a un cántico: ¡la nueva Arcadia será la locomotora de Europa!, ¡sus dirigentes habían sido llamados y elegidos! Dejarían atrás toda la escoria española. Son más eficientes, más cultos, más creativos. Oír hablar a la diputada Miriam Nogueras es muy revelador. Y tienen una lengua propia, como si los demás hablaran el lenguaje de los simios.
La obsesión por la diferencia implica siempre un autoconcepto de superioridad. Como los viejos eugenistas, rastrean el franquismo de la oligarquía española para superarlo. Por lo visto, un abogado del estado, si lo hay, nieto de un hombre del movimiento, porta una alteración cromosómica en forma de fatal determinismo. Lo de menos es que haya estudiado Derecho y aprobado su oposición.
Incluso Albert Rivera perdió pie hace unos días. El portavoz del PDeCat en el Congreso dijo que su discurso era "el de un falangista". Pillado por sorpresa, (¡qué pena!), se defendió muy mal y por segunda vez: apelaba a su fecha de nacimiento como salvoconducto y certificado de demócrata. Tuvo que ser la presidenta, Ana Pastor, la que zanjaría el cruce de reproches. Dio orden de retirar "esa palabra" de las actas, puesto que no quiso retirarla quien debía. Dejaba claro que la consideraba "vejatoria" y que estas nuevas generaciones se pierden en una especie de infierno artificial.
Todo se nos ha vuelto en contra, o quizá no. No hay autoridad que se respete o se reconozca. Algunos medios de comunicación practican verdadera pornografía informativa. Por muy republicano que se sea, el odio hacia los Románov no es propio de estos tiempos.
Los discursos degradaron una supuesta "vieja política" y a sus hacedores. La corrupción era real, pero aún hoy se desconoce, en parte, su verdadero alcance. Algunos jueces llegaron a humillar su noble tarea, absorbidos y atrapados por una presión popular insoportable.
Nos alertan los "demócratas" independentistas de que nuevas elecciones no servirán de nada. ¿Van a volver a aplicar el 155 cuando vuelva a ganar el secesionismo? ¡Pues muy sencillo, señores!: sigan siendo ustedes lo que quieran. No se trata de lo que son, sino de lo que hacen. Nada más tonificante para un independentista que seguir siéndolo. Lo que menos debería interesarle es la independencia. ¿Qué haría, si no, cuando la obtuviera? El PNV lo ha entendido, y bien que le va a la comunidad vasca.
Así las cosas, es la hora de los individuos. El Borrell que fue en las listas de Sánchez se sube a la tarima el domingo en Barcelona. Boadella, Savater y un largo etcétera lucen sin vergüenza su letra escarlata. Quieren hijos, y no soldaditos de plomo.
Hasta la profética Rosa Díez tiene muchos seguidores en Twitter. Sus detractores con cabeza hueca la atacan siempre por donde no le duele: ¡cállate, vieja!, le gritan, o ¡tómate la pastilla!. Ha llegado la hora de restablecer la más noble auctoritas.

miércoles, 11 de octubre de 2017

LUNAS DE HIEL

Uno de los objetivos de las sociedades actuales es la reducción de la incertidumbre. Construimos modelos y participamos en simulacros, pero la realidad es siempre otra cosa. El prolapso catalán, (y su desdichado desarrollo), ha puesto de manifiesto, por una parte, lo frágiles que somos. Por la otra, (y se puede afirmar sin empacho), hemos entendido mejor nuestras estructuras y constatamos el vigor del estado.
Hay verdades de Perogrullo que conviene repasar. La primera de ellas tiene que ver con nuestra Constitución. Porque de la Carta Magna se habla como si fuera un corsé que nos ahoga, anticuado y hostil. Recordemos que es un "marco" en el que cabe una inmensa actividad legisladora, incesante y continuamente actualizada. Se trata de un proceso mucho más dinámico de lo que acostumbran a decir sus sepultureros. Hablan como si "ese librillo más bien delgadito" fuera la dádiva pírrica del gigante que aplasta la voluntad de los pueblos. Cambiar la Constitución no es un tabú, pero los cambios que soñamos unos y otros son diametralmente opuestos.
La segunda cuestión compromete seriamente los fundamentos del nacionalismo. Nos dicen que "nuestros Estatutos de Autonomía" son un progreso, un paso adelante. Como los han redactado "los nuestros", (los de casa), tienen que ser incuestionablemente liberadores. La pregunta es: ¿ha pensado cada uno de nosotros hasta qué punto lo defendería de un abuso estatutario, (y no al revés), la Constitución Española? Para eso, claro, tendríamos que leer ambos corpus, estudiarlos bien. ¿Cuántos salen a las calles con los deberes hechos y las ideas claras? Este podría ser el caso del último Estatut, presentado por el tripartito en el Congreso de los Diputados. Puigdemont lo describió ayer como "irreconocible", después de ser filtrado por el Tribunal Constitucional. ¿Por qué entender ese "depurado legal" como una afrenta a Cataluña y los catalanes? ¿Por qué no aceptarlo como garantía conjunta de una sociedad y sus instituciones, trabajando juntas? Siempre se dice que ven mejor cuatro ojos que dos, y ocho verán mejor que cuatro.
En el discurso de ayer, el President empezó por mostrarnos sus llagas. ¡Padre!, se oía, ¡aparta de mi este cáliz! Toda la introducción fue un monumento en forma de agravio. En realidad no ofrecía otra cosa que nacionalismo de manual. 
He de reconocer que el artículo de mi admirado José María Carrascal me cogió con el pie cambiado. "Catalanizar España" era su título, o algo parecido. Curiosamente eso se puede decir, y tiene sentido: los españoles somos como el ADN helicoidal recombinado. La columna del periodista viene a ser un panegírico de Cataluña y su cosmopolitismo. Al otro lado, dormita una España injusta e indiferenciada. Nunca he entendido ese planteamiento falsamente polarizado. Si hablamos de comunidades, somos 17; una, si hablamos de España. Incluso llega a afirmar Carrascal que los españoles no conocemos la literatura catalana. ¡La conocemos!, ¡vaya que sí! Fue el nacionalismo el que nos hurtó esa conciencia, cuando decretó que no eran escritores catalanes los que escribían en castellano.
En Cataluña se implantó la inmersión lingüística. Barcelona fue sede olímpica y la Meca editorial. A Cataluña quiere ir todo el mundo y es eso tan cierto, que a los de Arrán les molesta el hormiguero de turistas. Como tal, la catalanofobia no se recoge en el DSM. Hay muchos bocazas en todas partes, eso sí. ¿Acaso hemos olvidado aquel cartel que causó estupor en los tiempos de Artur Más?, ¿aquel que decía "Apadrina un nen extremeny por 1000 E al mes
Yo nací y crecí en el País Vasco. Pueden negarlo ahora, pero éramos "de fuera". Sé muy bien que el nacionalismo no es inocente y necesita un contraste para verse las vísceras. Prefiero un patriotismo aglutinador.
Le formulé una pregunta sencilla a una niña de 13 años. Su respuesta fue clara, de una elegancia apabullante. La conclusión: entre ser ciudadano del mundo, (que es muy difícil), y no sentirse español en España, según ella, estaba la realidad. Es gallega para un sevillano y española para un francés.
Esta mañana las televisiones insisten e insisten: hay una fractura aún más honda entre Cataluña y España. Después de haber visto la actuación de los Mossos de Escuadra, ¿no hay que devolver la confianza en ese cuerpo a los españoles? Si dos millones de votantes, (independentistas o no), descubrieron ayer que los Reyes Magos son, en realidad, mamá y papá, tendremos que rogarles, (con todo el respeto del mundo), que maduren como ciudadanos.
La tercera cuestión, (y ya termino), trata de "los poderes fácticos". Ya nadie habla así en estos tiempos, pero haberlos, hailos. ¿Se puede saber qué pinta el presidente de Ómnium Cultural en todo este enredo? Habla para la prensa, (que le da micrófono), como un diputado o un conseller. Hasta donde yo sé, no lo ha votado nadie. Por cierto, ni a él, ni a su homónimo de la Asamblea Nacional Catalana ni al mismísimo Puigdemont. Que ese entramado disolvente e hipersubvencionado se relajara un poco, le sentaría bien a la sociedad catalana. Ayer me parecieron dos figuras "fuera de lugar": había mucha bipolaridad en el Parlament, en fase de manía.
Entretanto, la progresía bien pensante calla obstinadamente. Escogen el silencio o culpan a los de siempre. Estarán esperando su oportunidad, (¿el 155?), para gritarla a los cuatro vientos en los Premios Goya. ¡Qué bien se malvive sin que te llamen facha!

sábado, 23 de septiembre de 2017

PACTO DE SANGRE

Quién iba a decir que Joan Tardá pensaba que España es una democracia moderna y avanzada. Tienen razón los que dicen que a la verdad se llega, muy a menudo, de forma indirecta. Hay que dejar desahogar a los protagonistas y escucharlos bien. Cuanta más cuerda se les da, más se ahorcan.
Me toma por sorpresa porque al diputado de ERC lo he seguido en muchas sesiones parlamentarias: que si la ley "mordaza" acababa con todo, que si el franquismo redivivo en el Partido Popular. Descrita por él, España parecía un inmenso cementerio, (por mor de una jefatura militarizada), bajo cuyas tierras infértiles yacen abandonados miles de seres a los que se les niega una triste misa.
Afirmaba hace unos días en rueda de prensa que "nunca creyó que se llegaría a ésto" en una democracia como la nuestra. El "ésto" al que se refiere, supongo, es la neutralización en muchos frentes del síndrome referéndum y la llamada a declarar a unas cuantas personas, nada menos que por un juez. Se diría que la democracia que anhela Tardá es aquella en la que existen ciudadanos con derecho a la inmunidad, a la impunidad y a la carta blanca para todo. En la República catalana independiente que gobernaría, el interlocutor legítimo de ese juez del TSJ sería una masa coreando consignas.
Votar se ha convertido en una especie de invocación tribal, de absoluto. Es ya una obsesión, un delirio, un espejismo. Exigen el derecho a votar hasta los menores de edad. Se oye por todas partes ¡sólo queremos votar! Dicho así, no tiene ningún sentido. No existe el acto de "sólo votar". Se vota algo y para algo y ese "algo" se asume y se afronta. Hemos visto llevar una urna en volandas, como si fuera el sarcófago vacío de una virgen blanca.
Sabemos muy bien hasta qué punto una "idea del mal" puede hacerse pandemia. La negativa de los estibadores a dar servicio a los Guardias Civiles lo pone de manifiesto. Hay quien me pide que los comprenda y hasta que los aplauda. Si mañana un guardia civil sufre un infarto, el médico de guardia tendría derecho a darle la espalda "en defensa de los derechos civiles".
Se señala el "incidente estatut" como el verdadero inicio de "las hostilidades". Zapatero prometió que lo dejaría limpio como una patena y lo hizo. Fue el mismo Tribunal Constitucional al que se encomienda Junqueras cuando le conviene, el que invalidó, ¡oh, escarnio!, en alguno de sus puntos, 14 artículos de un corpus legal ultrainflacionado.
Los independentistas van a rebufo de los acontecimientos, y no al revés. Ahora se señalan las intervenciones del juez como espoleta, pero meses atrás la "inacción" del presidente Rajoy no les detuvo, y se decía lo mismo. Qué fue de la Cataluña rica deberían preguntárselo a sus gobernantes autonómicos, ya en tiempos de Montilla. Gobernaba ERC: ellos mismos podrían sacarnos de dudas. La comunidad autónoma ha recibido 63.000 millones de euros, vía FLA, desde el año 2012. Si no están contentos con la financiación autonómica, no son los únicos.
No comparto la imagen, tan extendida, del "choque de trenes". Hablaría más bien de un barco fantasma y con bandera pirata. Aunque yo misma quisiera iniciar esa travesía, tendría que pensarlo: no tiene rumbo, lleva un patrón negrero y la mitad de la tripulación ha sido enrolada a la fuerza.
Todos los que acatamos vivir "dentro del franquismo rajonyano", (¡oh!), elegimos un mundo "sólo con ley". Pero la ley no es un látigo, la ley tiene espíritu. Si no se puede ser español por imperativo legal, (y nos juran que no se puede), contéstenme a ésto: ¿cómo se decreta "dejar de ser español" sólo por ley?
Señalarse en contra del llamado 1-O es ya un acto casi heroico en Cataluña. Unos lo hacen a título individual, pero otros creen que la unión hace la fuerza y se adhieren a un manifiesto. La gama abarca desde la Societat Civil Catalana hasta un grupo firmante que se autodenomina "de izquierdas". Las exposiciones de motivos conjuntas suelen incluir varios puntos: o los suscribes por entero o pasas por alto alguna falla. Algunos grupos, pues, son inclusivos, otros son excluyentes: añaden ese tipo de digresiones que sirven de paliativo moral para los verdaderos delincuentes. Aquí, nos dicen, "no sólo se trata del 1 de octubre". Entonces, tristemente, empieza lo que yo llamo "la estratificación del mal".
Si quiero firmar, tengo que acatar el lote entero. Si no deseo definirme como "de izquierda" es porque no les reconozco superioridad moral ya de entrada. Mi adhesión sería entendida como un oportunismo aporreador del independentismo, para exonerar, de paso, a Rajoy, y añado, de cualquier delito, del MAL.
La misma Manuela Carmena perdió pie en un plató de televisión. A la alcaldesa "todo", (todo lo que no le toca resolver), le parece muy fácil. ¡Diálogo, señores!, ¡diálogo!, recomendaba. Ella misma tiene trato a diario, (y no puede reprimir un respingo delator), con esa gente del PP.
Uno demuestra que no se casa con nadie cuando está dispuesto a casarse con cualquiera. Cualquiera que arrime el hombro en esta gran familia de 50 millones de seres. Es duro toparse una y otra vez con esta obsesión por desinfectarse en forma de limpieza pública. Al parecer, los ilustres miembros de ciertos clubes de moda considerarían contagioso mi pobre culo.
Frente a la sede de la Asamblea Nacional Catalana se convocaron defensores de la unidad de España a calzón quitado que no representan a nadie. En frente, se apostaron ciertos independentistas, que están a su altura, y todos parecían dispuestos a todo. Aquí sí hay simetría, y no entre Puigdemont y Rajoy. Mónica Oltra, que no distingue entre ambos, les pide encarecidamente que den "dos pasos atrás".
Ya en recinto universitario, Tardá arengó a 3.000 estudiantes. A mí me daba pavor que el segundo piso del claustro se desplomara. Son chicos estupendos, de la generación Erasmus. Son muy viajados, y leídos, y jóvenes. Todo lo que supieron gritar fue ¡vote!, ¡vote!, ¡vote!, ¡español el que no vote! Es a ellos a quienes el diputado les pedía un pacto de sangre. Pasaba por encima de sus padres, en nombre de sus padres. El pacto era: ¡O República independiente catalana, o traición!