jueves, 6 de abril de 2017

REBELIÓN EN LAS AULAS

Sólo la paternidad estaría por encima del magisterio. Enseñar es una de las más altas responsabilidades. Enseñar y aprender son actos que se recombinan como el ADN helicoidal. Hoy sabemos que la ignorancia puede causar estragos.
La humanidad ha conocido tiempos necesariamente peores. Sólo la nostalgia nos retrotrae en un análisis del pasado en exceso benévolo. Pero el futuro es un desarrollo, en cierto modo, de un prototipo. Lo vamos corrigiendo, mejorando, detallando.
Sería, pues, injusto, presentar una enmienda a la totalidad al sistema de enseñanza. Sería injusto, si se hiciera sobre esas bases. Sí se puede decir que, en España, es un mundo ruidoso, alborotado, laxo. Nos sobra cabreo y nos falta músculo.
Sobran también las declaraciones de intenciones. Sobran, sobre todo, porque carecemos del resto. Sobran en boca de candidatos, pero también en boca de otros líderes. Los primeras filas de sindicatos estudiantiles parecen aprendices de prestidigitador.
España es el país de las pasantías. Menos mal que existen, que están ahí. A menudo se convierten en un concurrido purgatorio. Hay que ganarse el cielo o el infierno.
Dos preguntas fundamentales deberían ser contestadas: qué hay que aprender y en qué momento. El método es cuestión aparte, aunque no baladí. Sí, ya sé que existió María Montessori.
La escuela se ha convertido en una gran superficie. Los productos se presentan ordenados y etiquetados en sus deslumbrantes estanterías. Hay secciones, pasillos, frutería, pescadería. Vaya metiendo en el carrito y pague. La tarjeta es electrónica y el gasto ni se nota. Pago yo, pero paga Juan Pueblo. El niño se agarra al brazo de su padre deslumbrado, cegado. No distingue el barro de su molde.
En el libro de lengua le hablan de formas de expresión. La narrativa ocupa un humilde rincón. Molan más el viñetista o la novela gráfica. Aparecen canonizados como los clásicos populares. En la Edad Media sólo había ricos y pobres. El clérigo rezaba y el soldado guerreaba. Ni una alusión a las bibliotecas de las abadías ni al burgomaestre. No saben qué era un copista o un scriptorium. Es más importante contar calorías y reciclar la basura; frenar el cambio climático, gestionar conflictos, compartir. Para perfeccionar la lengua del terruño, estudian los pros y los contras de comer hamburguesas, ¡explica qué significa la palabra gourmet!
El sistema se los traga a todos, aunque le sobrevivan. Sin columna vertebral, no podremos mantenernos erguidos. Los enlaces de internet conviven con la más profunda apatía: ¿a quién demonios se le confía la redacción de los libros de texto?
A los progenitores la vida se les complica mucho: clases de mates, baloncesto, ballet. Entre hora y hora, una breve visita a tía Clemens, al Centro de Día. Sálvese quien pueda y ande yo caliente.
¡Qué bien nos vendría un expurgo radical hacia otra cosa! Un cambio de sistema en una línea simple y elegante. Un poco de antropología que desplace ese farragoso lenguaje de folleto: familia monoparental, familia tradicional, etc. El método científico y unas nociones de psicología social habría que introducirlos. Por lo menos, antes de salir del instituto. Después, el abogado se hace juez e instruye el caso de un crimen. Hay cuestiones que no puede ignorar.
Un pacto nacional por la educación es imposible en España. Que se abstenga de intentarlo, sea el iluso del signo que sea. Entre el costumbrismo, la corrección política y los nuevos ismos se agotan el tiempo y los recursos. Es un espectáculo más bien triste. No estoy segura de que contemos con el entusiasmo del docente. Especialmente cuando arremete en el debate como funcionario. Mire: no me interesa su precariedad laboral; si quiere, le hablo de la mía. Falta pasión y sobra caspa.
  

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