lunes, 20 de marzo de 2017

SONRISAS Y LÁGRIMAS

 Ésta es la historia, ¡señoras y señores!, de un payaso muy bien maquillado. Es un hombre, pero está aquí para hacer reír, con su margarita y el surco del lacrimal disimulado. Sus favoritos son los niños, ¡dejad que se acerquen a mí! Sus gritos desinhibidos, cuando le advierten de que vigile sus espaldas, son todo cuanto necesita: en ellos está la verdad.
No sabemos cómo se llama ni de dónde procede. Sí. Tiene un nombre artístico. Trabaja en el circo, va de acá para allá. Al terminar, se limpia la cara en el camerino. Con el algodón va retirando la máscara blanca, y esa sonrisa roja, tan alongada. Su mirada es piadosa: toda aquella chiquillería amortiguaría cualquier dolor. Va a toparse consigo mismo en el espejo, ¡qué bien se conoce! Por un instante, fue capaz de olvidar, pero las sombras, tercamente, vuelven.
Cada tarde dos funciones. En el medio, quizá una buena siesta. Haga frío o calor, junto al mar o en tierra adentro, dos funciones cada día. Es un trashumante, un maestro efímero, un acompañador de familias no tan felices. No espera recompensas, invierte a fondo perdido: sólo es un payaso. Desaparecerán de sus vidas, quizá para siempre, aunque sabe que el mundo es muy grande. ¿Por qué no puede él penetrar el corazón de un niño, ese que lo esperaría al pie del carromato? Son sus padres los que pagan la entrada. El plato fuerte: los equilibristas y también los leones. Cuando llega su turno, ¡con todos ustedes!, tropieza con sus propios pies, para darles gusto.
Se hace el tonto, es muy despistado: son los niños quienes lo guían, ¡por allí no!, ¡por allí! Y aparece en escena, dos veces por día. Sólo es un pobre payaso.
No importan sus alegrías más hondas. Hasta podría ser un hombre desdichado, a su peculiar manera. Y, alguna tarde, los astros se alinean a su favor. Y entonces los niños lloran de risa.


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